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Archive for the ‘Literatura’ Category

(El hada Helena, según Pilar)

Llegaron  a las puertas de urgencias como llegan casi todos, nerviosos, corriendo,  con la cara llena de horror, pidiendo que les confirmen una frase, un pensamiento, “dígale a la de negro que se vaya que aún no me ha llegado la hora”

En un segundo, un revuelo de médicos, enfermeras y camilleros, ayudaron a la mujer que pedía auxilio para su marido. Y sin haber llegado a dar los datos ni información sobre lo sucedido, corrió como la pólvora que era un accidente de tráfico.

-Rápido, rápido, no tiene apenas pulso- decía la enfermera.

-El desfibrilador, rápido, el desfibrilador- gritaba un médico.

-Córtale la ropa, no te entretengas en quitársela- le decían a un enfermero.

Y Samuel, el hombre que había entrado y que todos suponían que había tenido un accidente de tráfico, escuchaba, pero no podía pronunciar palabra.

Mientras, su mujer, que casi no había visto cómo desaparecía por la puerta de “críticos”, esperaba que le diesen información. Nunca había visto tanta rapidez en urgencias. Pensaba que su marido iba mal, tal como él mismo le había dicho pero no esperaba una respuesta tan inmediata. Sí que debía estar mal para que los médicos hubieran reaccionado tan rápido.

Por fin vino un médico y le preguntó cómo había sido el accidente, dónde se había golpeado.

-¿Qué accidente?

-Alguien nos ha dicho que era un accidentado  de tráfico. Concretamente un accidente por alcance.

-No, no señor. Ha comenzado a sentirse mal, a marearse y el pecho le dolía mucho.

-¡Ah! Es igual, lo importante es que nos hemos puesto enseguida con él y todo apunta a que es un infarto. Pero no se preocupe, está bajo control y de esto no se va a morir. Ya está en la UCI y le iremos informando.

A su mujer no le extraño el diagnóstico, aunque sí le preocupó mucho. Su marido tenía siempre demasiada tensión,  prisas, y casi era previsible que esas prisas le pasaran factura.

A la hora de conducir también mostraba esa mismas prisas. Parecía que siempre le faltaba tiempo para llegar. Se pegaba al culo del coche que le precedía y no paraba de arrimarse hasta que podía adelantarle, o el otro coche se apartaba y le dejaba pasar.

-¡Venga lento!- Era su frase más habitual.

Acababa de realizar uno de esos adelantamientos cuando se tropezó con un accidente de tráfico. La vía estaba prácticamente cerrada y ocupada por los coches de la policía, la ambulancia y los coches siniestrados. Un agente de tráfico gesticulaba para dar paso a los coches por el pequeño espacio que quedaba libre. Iban pasando de uno en uno y  se demoraban en hacerlo para observar el accidente.

Los sanitarios de la ambulancia estaban en ese momento atendiendo a uno de los heridos que parecía estar en un estado muy  crítico. Samuel pasó muy  cerca. Demasiado para no reconocer a la persona que estaba en el suelo.

-¿Qué? ¡Dios, no puede ser! Me estoy volviendo loco.

El agente hacia ademán de que siguiese pero Samuel había parado y con cara de pavor, no apartaba su mirada de la camilla. Después, se fijo en el coche que había perdido su morro introduciéndose en el coche que le precedía.

-¡No, no puede ser! Gritaba con verdadera desesperación a punto de romper a llorar.

Unos repetidos golpes sobre su hombro, casi zarandeándolo,  lo hicieron reaccionar.

-Samuel, Samuel. Despierta, vamos, despierta.

Samuel reconoció la voz de su mujer.

-En el hospital te recomendaron mucha calma y tranquilidad, si sigues tan alterado te va a repetir el infarto.

-¡Gracias a Dios! Era un sueño. ¡Qué horror!

-¿Qué sueño?

-Soñaba que había tenido un accidente. Me había empotrado contra otro coche y veía como me recogían del suelo, en muy mal estado. ¡Era yo! ¡Veía mi propia muerte!

-Eso ha sido por la confusión que tuvieron en el hospital. Estás obsesionado con el tema. No lo pienses más.

Aún estaba inclinada tratando de tranquilizar a su marido, cuando vio, apoyada en el cabecero, una mariposa.

– ¿Y esta mariposa, de dónde ha salido? Fuera, largo. Lo que nos faltaba que se llene la casa de estos bichos.

(Mariposa de un dibujo de Helena) 

La mariposa salió por la ventana que la mujer abrió. Era diciembre, casi Navidad, no era tiempo de mariposas, de dónde habría venido. Tampoco encontraba explicación a la confusión en urgencias, esa que había producido la pesadilla de su marido.

-No crees que te has pasado con el sueño, Helena. Por poco le da otro infarto a ese pobre hombre.

-¡Qué va! Recuerda que le he salvado la vida, no iba a quitársela después de haber cambiado  un accidente mortal por un infarto. Pero tenía que hacerle ver lo que puede producir con sus prisas.

-¿Y crees que con el sueño va a dejar de pegarse al coche que se le ponga por delante? ¿Crees que va a dejar de correr?

-Tú encárgate de extender tus alas sobre  los que están bajo tus cuidados  que de los violentos viales ya me encargo yo.

(Hada, según Virtu)

Samuel, en la siguiente revisión,  refirió el angustioso sueño que había tenido a su cardiólogo, y éste le dijo –Creo que le hemos salvado la vida por dos veces. Y, por consiguiente,  también la de otros. Espero que, a partir de ahora, “rápido, rápido”,  le recuerde al día que llegó aquí, para nosotros, por un accidente de tráfico.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

Alcobendas, 24 de Diciembre de 2011

Nota del autor:

Este cuento de Navidad,  este año, está dedicado al personal de Urgencias, UCI y cardiología, del Hospital “La Moraleja”.

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Mi relato publicado en los periódicos del grupo Vocento, a través de «Otros días de verano»,  de «Madres sin Hijos» o en los links de los periódicos:

«La Verdad de Murcia»

«El Ideal de Almería»

«Diario Vasco»

«El Correo»

«El norte de Castilla»

«El diario Montañes»

Bueno, creo que ya es bastante. Gracias, por aguantarme, por leerme.

Gracias especiales, a Escuela Literaria Espido Freire.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

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El Armario De Un Ángel

(Cuentos del Hada Helena)

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena

Había decidido que hoy sería el día e intentaba sacar fuerzas para comenzar esa dura tarea. No soportaba más que todo el mundo le fuera diciendo que ya era tiempo. Pero, quién sabe cuándo es tiempo, quién puede determinar el tiempo necesario, y lo que es más, ¿por qué se empeñan los demás  en cambiar cosas que ellos no tienen ni idea el bien que pueden producir?

Entró en la habitación y abrió el armario. ¿Seguía su olor o eran imaginaciones suyas? Lo que sí permanecía era todo tal como él lo había dejado: las camisas, la roja, la azul, la estampada, la sudadera verde, los polos, los jerséis…

 

Abrió uno de los cajones llenos de boxes. En el de al lado, calcetines. En el siguiente, los pijamas. Todo seguía colocado, ordenado, limpio.  Ya se encargaba ella. Ahora nadie le impedía su paso. No había nadie que dijera “no me toques nada que lo descolocas”, y precisamente, el tocar, acariciar, colocar su ropa, era un consuelo.

Algunas madres, aturdidas por el dolor, dejan que personas de la familia entren en esos días y arramblen con todo, con su mejor intención. Piensan que con su acción le evitarán más dolor a la propia madre, que  si desaparecen las cosas de su amado hijo  el recuerdo será menor. ¡Qué error!

Otras madres creen que deben darlo todo, regalarlo, quizás en su afán de que perviva en el recuerdo de quien pueda aprovecharlo. ¡Otro error! Solo aquellos que han querido enormemente a esa persona y son fuertes, querrán darle utilidad a esas ropas o decidirán llevarlas como una caricia sobre su piel. Y así, los familiares más cercanos, padres, hermanos y primos, se convierten en candidatos de esa herencia textil. Y en último lugar, está la beneficencia.

Pero si la entrega de esa herencia se hace pronto, muy pronto,  después, muchas madres se arrepienten porque lo que a primera vista les parecía una fuente de dolor, pasado un tiempo les resultará un tesoro perdido.

 

Cuando ya había sacado del armario gran parte de la ropa, sentía que se ahogaba. No hay en este mundo tarea más dolorosa que tener que recoger las cosas de un hijo. Siempre se piensa quién recogerá nuestras cosas, quién leerá nuestro testamento, quién nos dará el último adiós, quién llevará flores a nuestra tumba, pero jamás se piensa en que tengas que hacer todo eso con un hijo. El orden natural se pervierte, se afea, revienta,  y se produce un cataclismo en nuestro interior que arroya nuestra vida, produciendo una riada de rabioso dolor.

 

Salió al jardín  para tomar aire para poder continuar, y se dirigió al árbol que él mismo había plantado, estaba en flor.

(Durillo, árbol sembrado por Edu)

 

También las calas, que bello le habría parecido en otro momento pero ahora…

Una mariposa estaba posada sobre una de las calas.

-Anda, el hada Helena está por aquí– dijo. Se le escapó una pequeña sonrisa que le transformó la cara triste  y casi sin respiración con la que  había salido de la habitación. Extendió la mano con el ademán infantil de que la mariposa se posara  sobre ella, y ante su sorpresa, ésta así lo hizo.

 

(Mano de Adrián, hijo de Virtu)

-Manue, mira que mariposa- entro en la casa para enseñársela a su marido. Pero nada más hacerlo, la mariposa voló  internándose por el pasillo y desapareciendo por las habitaciones.

 

 

(Mariposas de la habitación de Helena)

-¡Vaya por Dio! A ve ahora cómo la echo fuera.

Siguió a la mariposa que salía y entraba de las habitaciones hasta que se adentró en la de su hijo. Tardo un momento hasta que localizó dónde estaba. Se había posado sobre una camisa roja. de las que había sacado del armario y reposaban sobre la cama.

-Venga fuera que aquí dentro te va a vorve loca y te va a dar un gorpe con las paeres– blandía su delantal con las dos manos con afán de empujarla la mariposa  hasta la ventana que estaba abierta. Pero la mariposa iba de la ropa colocada sobre la cama, a la puerta del armario que aún estaba abierta de par en par.

Así estuvieron ambas durante un buen rato. Manuela detrás de la mariposa y la mariposa de la ropa al armario, del armario a la ropa.

-Ya está bien, venga que me va a emporca to.- Y en uno de esos lances con el delantal, la mariposa salió por la ventana.

Terminó de poner la ropa sobre la cama, cerró la puerta del armario y nuevamente tuvo que salir al jardín. Por mucho tiempo que hubiera pasado la tarea seguía siendo dolorosa. ¿Quién dijo que el tiempo todo lo cura? Se volvió a preguntar, ¿por qué tenía que hacer aquello? No necesitaba esa habitación, para qué pasar ese mal rato. Entro nuevamente en la casa con la firme determinación de dejarlo estar, volvería a intentarlo en otro momento.

Volvió a la habitación con la intención de cerrar la puerta para que no se viera toda la ropa por encima de la cama, y cuando iba a hacerlo, descubrió que las puertas del armario estaban abiertas.

-¡Vaya, yo juraría que lo había serrao!

-Manue- Volvió a llamar a su marido pero esta vez saliendo al exterior porque estaba claro que dentro no estaba.

Al día siguiente, hizo el segundo intento. Por ella lo dejaría todo como estaba un año más pero su marido, la familia, los amigos, siempre le preguntaban que cuando iba a cambiar la habitación.  Le sugerían  que la podía utilizar para coser, para colgar esos bonitos vestidos de gitana que cada año hacía para la feria.

(Los vestidos que hace Manuela)

 

 

También podía utilizarla para cuando practicaba su nueva afición: la pintura.

 

(Calas pintadas por Manuela, para Edu)

Incluso podía utilizarla para cuando Cintia venía, hacer los deberes.

Abrió la puerta de la habitación y se encontró que las puertas del armario nuevamente estaban abiertas.

-Pero bueno, ¿esto que e?- Se acercó al armario, volvió a cerrarlo, presionó una y otra vez para asegurarse de que las puertas encajaban perfectamente.

-Manue, ¿Ha abierto tú el armario der niño?- Grito.

– Pero que hago hablando sola si Manue no está.

-¿Abuela, ónde estas?- Era Cintia que entraba por la puerta.

-Estoy aquí en la habitasión der tito Edu- dijo Manuela, asomando la cara desde la misma  puerta.

¿Qué hase? Preguntó la niña.

-Ea, que voy a sacar la ropa del armario y ver lo que se pueda aprovechar y el resto dallo a la iglesia.

-¿Y pa qué, abuela? Dijo la niña dándole un beso.

-Pa utilisa esta habitación pa nosotras, tú puees estudia y hase los deberes, y yo cosé y azi que ce queen tranquilo tos con la lata de la habitación. Y volviéndose, se dirigió a la cama para ir sacando ropa de la habitación, pero entonces…

-Pero que demonio pasa aquí, si acabo de serrar las puertas y otra ve están abierta.

No lo habrá serrao, abuela.

-Hija, que una está ya tonta pero no tanto, que te digo que lo acabo de serrar y no es la primera vez que me lo encuentro abierto.

-¿Abuela, ha vizto que hay una mariposa en la puerta?

-¿Qué? ¿Otra ve? Que joia, si ya la eche aye de la habitasion. ¿Será posible?

-Po eso es que le ha gustao la habitasión, abuela.

-Po va a se eso. Mardita sea. Sierra la puerta que intente que se vaya por la ventana– y comenzó  con sus movimientos de manos a dirigirla hasta la ventana.

– Abuela, ¿ha vizto lo que hay aquí?- y agachándose recogió del suelo una pequeña pluma.

-¡Abuela, e como la de mi cuento!

-¡Ay, Dio! Que sí, que sí, que esto va a ser cosa de tu tito. ¡Ay seño! Y esa mariposa… Si ya sabía yo que no tenía que tocar na, si yo no quería. Se acabó, mira niña, veme dando toa esa ropa que la vuerva a meté en el armario.

Abuela y nieta se dedicaron a poner nuevamente la ropa en el armario, cerraron las puertas y colocaron la pequeña pluma que había encontrado Cintia encima del pomo de las puertas.

–          Venga que te voy a dar de merendá. ¿Tienes hambre?

–          Un poco. Abuela, me deja que entre en Interné en tu ordenado

–          Bueno, pero poco, solo mientra te toma la merienda que luego me regaña tu madre.

–          Pero si tu no se lo dice, ella no se entera.

–          ¡Niña, niña!

Pasaron varios días y Manuela no había vuelto a entrar en la habitación. Estaba demasiado conmocionada para volver a  pensar en hacer mudanzas. Se asomó desde la puerta y comprobó que las puertas del armario seguían cerradas. Sonrió y se acercó a las puertas del armario, entonces, recordó que habían posado la pluma que encontró Cintia sobre el pomo pero ya no estaba. Revisó el suelo pero no la encontró –seguro que se la llevó Cintia, pensó.

–          Vale, niño, no te preocupe que ya no vuervo a saca tu cosas.

 

Volvió a presionar las puertas  y salió de la habitación. Ni se planteó qué diría cuando le volvieran a preguntar que cuándo iba a recoger la habitación de su hijo, lo que tenía claro es que eran demasiadas señales, que algo querían decir.

 

-Gracias, Helena, me has echado una mano, si no llega a ser por ti no lo consigo.

-¡Qué va! No ha sido nada, ahora sí, poco más y tu madre termina con mis alas. Pero dime una cosa, ¿por qué ese interés en que tus cosas sigan en el armario?

-Porque sé que mi madre no quiere quitarlas, solo lo hace por las presiones de los demás. Ahora tengo que convencerla para que, aunque mis cosas sigan estando ahí, ella utilice esa habitación. Que pueda coser, pintar, leer, escuchar la radio, conectarse a Internet.

-Pero de qué sirve mantener un armario lleno de ropa, sin ninguna utilidad, que se hace vieja, que solo trae recuerdos, que más tarde o temprano habrá que vaciar, que si falta tu madre otra persona tendrá que sacar y siempre lo hará con menos amor.

 -¿No lo entiendes, Helena? Muchas madres se refugian en esas habitaciones, en esos armarios, respiran nuestro perfume, acarician nuestras ropas, se tumban sobre nuestras camas, limpian el polvo y vuelven a dejar todo como estaba y todo eso, les produce un poquito de bienestar. Es como si todo siguiera igual. Es una forma de mantenernos vivos.

 -Pero es que no estamos vivos, Edu. Estamos muertos. Ya no estamos en su mundo, al menos en la forma en la que ellos nos querrían.

-Pero esa es otra forma de tenernos. Poco a poco se irán desprendiendo de nuestras cosas, ya lo verás, pero sin un dolor tan extremo.

– Si tú lo dices pero yo no veo el consuelo. Creo que con ello solo van alargando el dolor, el sufrimiento. Si es cierto que solo se muere cuando nadie ya nos recuerda, creo que una forma de expandir, perdurar ese recuerdo es dándole utilidad a nuestras cosas. Es mejor que mantenerlas encerradas en un armario, envejeciendo, apolillándose, cubriéndose de polvo.

-Yo no estoy seguro, quizás tengas razón pero ¿qué más da? Creo que lo más importante es que cada madre actúe como ella quiera y cada una tendrá un tiempo y una forma diferente de llevar la pérdida y vacíen o no esos armarios, y cambien esas habitaciones, de color, de muebles, de utilidad, siempre serán las habitaciones de… cada una tendrá un nombre y lo llevará por el tiempo que nos sobrevivan.

-Pues, en eso tienes mucha razón. ¡Ah, pero una cosa, como sigas dejando por ahí tantas plumas te vas a quedar sin alas, y un ángel sin alas…!

 

(El hada Helena, según Virtu)

Y colorín colorado, este cuento  para mamás se ha acabado.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

Alcobendas, marzo de 2011.

 Notas de la autora:

Este cuento es una ficción de hechos reales. Las fotos incluidas en él tienen propietario. Pedid permiso para su utilización.

Este cuento está dedicado especialmente a Manuela, madre de Edu, por su cumple.

Y a todas las madres que se encuentran con la pérdida de un hijo y la dolorosa tarea de recoger sus cosas.

 Y a las que mantienen sus habitaciones tal y como ellos las dejaron.

Y a las que generosamente reparten todas las pertenencias de sus hijos pensando y queriendo que aquellas personas que las reciben las quieran, las cuiden, las utilicen con amor.

 Y a las que se quedaron sin ellas porque se las quitaron de su vista con la intención de que no sufrieran.

Y a las que guardaron todas las fotos porque no pueden verlas sin morir de dolor.

 Y a todas las madres que tienen en sus casas “el armario de un ángel”.

 

MIS TRES REGALOS
Un día del cielo llegaron envueltos en bendición
Tres pequeños tres regalos que fortalecieron nuestra unión
Siendo hoy mis tres motivos y mi principal razón
Llenaron mi hogar de risas y mi corazón de amor
La primera me lleno de dicha cuando al fin pudo llegar
Fue tan larga aquella espera cuanto la ansiaba abrazar
Es una niña dijo el doctor y Silvia la quise llamar
Cuando llego el segundo regalo cuanto me vino a sorprender
Es que fuera un varoncito que nunca soñé tener

 Y el corazón me hizo estremecer

Cuando supe que era niño no me lo podía creer y como era varón
Le puse José Manuel
Pero el regalo más querido aun faltaba por llegar
Teniendo a Silvia y José Manuel me volví a embarazar
Sin poderlo ni siquiera planear
Y entonces llego Eduardo Javier a terminar de ilusionar mi
vida con sus travesuras y a completar mi hogar con
estos tres regalos ya nada me podía faltar
pero una noche fría de invierno a EDU me fueron a rebatar
desde esa maldita noche ya nada será igual.

Manoli madre de EDU

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El columpio de Julia

 

 (Dicen que nuestro deseo y necesidad de balanceo viene del recuerdo de nuestro tiempo dentro del vientre materno. Por eso, cuando nos sentimos mal, tenemos la necesidad de balancearnos)

ulia era una niña preciosa, llena de vida y a la que le encantaban los columpios.

Un día, cuando paseaba sentada en su carrito, unos lobos feroces, de los que no existen en el mundo animal, saltaron sobre su lindo cuerpo dejándolo herido y maltrecho. Desde ese momento, Julia, tuvo que pasar mucho tiempo en hospitales y entre médicos.

 La pequeña Julia que apenas había comenzado a dar sus primeros pasos, estuvo durante meses apartada de su parque y de sus columpios, en los que le encantaba columpiarse diciendo a la vez: “rin-ran-rin-ran”. Por eso, cuando el dolor le atenazaba, pedía los brazos de sus padres y se columpiaba en ellos. Se mecía y se dormía.

 

Esos brazos, en balanceo, eran un consuelo y una paz y así ella volaba, volaba y olvidaba el dolor.

Un día se sintió más feliz y a gusto en una de estas sesiones de balanceo. Su mente comenzó a volar, a olvidarse de lo que le pasaba, se sintió más tranquila y libre y se veía en un bello columpio lleno de guirnaldas y lazos rosas y violetas.

 Con sus pequeñas piernecitas se impulsaba cada vez más fuerte. Y volaba, volaba. A sus pies todo se veía cada vez más pequeño. Escuchaba la voz de su madre que le decía: “Julia, Julia, vuelve”, pero ella se encontraba tan bien, que no podía hacerle caso.

En uno de esos impulsos, entro en una nube blanca, de algodón, esponjosa. Al principio se sintió aturdida, casi con miedo porque durante mucho rato solo veía el blanco de la nube, pero por fin salió, y nuevamente apareció el cielo azul. A sus pies, apenas se distinguía el bosque donde le atacaron los lobos y de repente, observó que volaba con los brazos extendidos y cada uno de ellos era sujetado por dos seres extraordinarios: un osito y una mariposa.

(Helena y Diego, en “el guardián del ventanal”)

Ambos, la sujetaban tiernamente hasta que la depositaron en el suelo.

 Ella se quejó –quiero seguir volando.

-No, ya has llegado a donde tenías que llegar –respondió la mariposa.

-Todos tenemos una misión –decía el osito.

La niña solo pensaba que hacía mucho tiempo que no se encontraba tan a gusto.

-¿Quieres jugar conmigo? –Le dijo al osito, quizás porque era tierno, peludo, suave, como los ositos que ella tenía en su habitación.

 

– Sí, sí, claro, pero todos tenemos una misión –repetía una y otra vez el osito.

-Yo soy guardián, yo soy guardián –se afanaba en decir el osito.

–Claro que jugaremos contigo. – Por fin habló la mariposa-  aquí solo  harás aquellas cosas que te hagan feliz, que te sienten bien.

-Yo soy Helena y él es Diego. Lo vamos a pasar muy bien pero como dice Diego, aquí cada uno tenemos una misión y tú también tendrás la tuya.

Julia era demasiado pequeña, apenas había aprendido a hablar y caminar pero era bastante espabilada y sobre todo se daba cuenta que hacía mucho tiempo que, en su estado,  no se había sentido tan a gusto, feliz y en paz, así es que si había que tener una misión ella la llevaría a cabo con gusto.

 

Mientras hablaba con la mariposa y el osito, notó una especie de cosquilleo en su espalda. Intentaba volver la cabeza pero no conseguía ver qué le pasaba. La mariposa, consciente de su inquietud la tranquilizó diciendo – no te preocupes, no te pasa nada, es solo que te están saliendo una pequeñas alas, a partir de ahora eres un ángel.

 Al principio, Julia iba a comenzar  a llorar, tenía tan malos recuerdos de los hospitales pero pronto se dio cuenta que eso no le dolía nada y apenas las notaba.

-Antes de que vinieras, el rey león nos dio instrucciones de cual sería tu misión, a partir de ahora, -añadió la mariposa.

-Sí, yo soy guardián –volvió a insistir Diego, el osito.

-Sí, Diego vigila desde su ventanal para que los niños no se ahoguen al pasar el río o en aquellas actividades donde haya agua, y  tú tendrás cuidado de los niños cuando estén cerca de los coches y las motos.

-¿Yo? – preguntó Julia.

-Sí. Tu afición por los columpios será recompensada y desde ahora siempre estarás en uno.

 En ese momento, desde una nube comenzó a bajar una cuerda llena de guirnaldas y con flores blancas y rosas enroscada a todo lo largo. En el centro, una rueda de flores.

 

La cuerda se parecía más a unas largas trenzas de fino pelo rubio con un lazo rosa en su interior. Y esta cuerda, que  parecía tenía vida propia, bordeó el cuerpo de Julia, se puso bajo sus nalgas y comenzó a balancearla con suavidad.

 -Con esta cuerda podrás rescatar a los que estén en peligro a la hora de cruzar la calle. Desde el ventanal de Diego podrás verlo fácilmente.

 Julia aún no era consciente de lo que Diego llamaba “la misión” pero no tardaría mucho en darse cuenta de ello. Era pequeña pero aprendía rápido, igual que lo hacía en la tierra.

 Helena dio un fuerte impulso a la cuerda y Julia voló alto, alto, riendo feliz, a  carcajadas en algún momento.

 

Diego, con cierta envidia, comenzó a gritarle –espera, espera, no querías que jugáramos.

Y Helena sonrió y dio media vuelta dejándoles solos. Un poco de risas y juegos les vendrían bien a ambos. Ya habría tiempo de trabajar.

 Julia, como anteriormente lo había hecho Diego, comenzó su etapa de asesoramiento y enseñanza y se convirtió en una experta en salvar vidas en pasos de cebra, semáforos, cruces de carreteras y, especialmente, en las entradas  a los colegios.

Y si no lo creéis ¿cómo es posible que no mueran más personas con la de conductores locos que hay por ahí?

 Eso es porque Julia, lanza su columpio y levanta del suelo a los que van a cruzar cuando están en peligro. Después, los vuelve a posar sobre el suelo y aquí no pasó nada.

 

Cada vez que sucede esto, se acuerda de su mamá y su papá y siente que ellos, de alguna forma, lo saben y están contentos.

Y colorín colorado, el cuento de Julia se ha acabado.

…Tú no puedes volver atrás

porque la vida ya te empuja

como un aullido interminable.

 

Hija mía es mejor vivir

con la alegría de los hombres

que llorar ante el muro ciego.

 

Te sentirás acorralada

te sentirás perdida o sola

tal vez querrás no haber nacido.

 

Yo sé muy bien que te dirán

que la vida no tiene objeto

que es un asunto desgraciado.

 

Entonces siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti como ahora pienso…

(Palabras para Julia. José Agustín Goytisolo)

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

Notas de la autora:

Este cuento esta dedicado a Julia, muerta por la acción de un conductor con alcohol, que la atropelló el 3 de Agosto de 2007, en el primer aniversario de su muerte el 29 de Diciembre de 2009.

Las fotos de Julia han sido cedidas por sus padres.

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 Don’t Drive Drunk. Yo controlo.Un cuento de Navidad

 

-¡Venga, Manuel, otra!

-No, no.

-¿Cómo que no?

-Creo que ésta va a ser la última.

-Ja, ja, que rajado.

-No insistas duplicándote.

-¿Duplicándome?

-Sí. Me lo estás pidiendo tú y otro que está a tu lado igual que tú, jaja.

-¿Pero qué dices? No serás que estás un poco borracho.

-No, no, estoy perfesssto. Por eso ya no voy a tomar ninguna más. Esta es mi última copa.

Como era la víspera de Nochebuena  tenían solo media jornada ocupada y, como cada año, se iban de copas para celebrarlo. Pero en los últimos años las campañas de control de alcoholemia y los anuncios sobre no beber si se va a conducir, hacían cada vez más difícil esa celebración.

Manuel decidió que era hora de terminar con las copas. Nunca le había pasado nada y decía que “controlaba”, pero esos malditos controles de alcoholemia le podían hacer perder unos puntos de su carnet y parte de la paga extra de Navidad.

Dejo al resto de la cuadrilla y caminó hacia su coche. Pulsó el mando pero no se oyó el característico “clic, clic” ni se produjo el guiño de los intermitentes.

-Joder -dijo. Me temo que he bebido más de lo que debía.

Pensó que se había equivocado de lugar en el que había dejado el coche. Recorrió con la mirada al resto de coches aparcados por si hubiera sido un poco más arriba o más abajo.

– Juraría que fue aquí. -Volvió a pulsar el mando. Nada. Caminó hasta la parte trasera del coche y comprobó la matrícula.

 –Sí, es mi coche, sabía yo que lo había dejado aquí. -Volvió a pulsar pero el resultado fue el mismo.

-Se ha estropeado, ¡que oportuno! -Se dirigió a la puerta y pasando de mando, introdujo la llave.

 -¿Qué? No puede ser, ¿ésta tampoco? Vaya día.

Decidió llamar a su padre para que viniera a recogerle.

-Papá, no me funciona el mando del coche ni la llave, ¿Puedes venir a buscarme?

-¿Qué? No te funcionará el mando pero la llave…

-No, Papá, no funcionan.

-¿Y no será que no eres capaz de meter la llave? ¿Cuántas copas has tomado?

-Que no papá, que no. No soy yo, es la llave.

-Pues sabes, machote, te coges el tren y mañanas vas a recogerlo.

-¿Pero qué dices, papa? Mañana tengo partido, tengo que madrugar.

-Pues lo siento, chico. Yo no salgo ahora de casa, y tú haber pensado antes que hoy te ibas de copas.

-Joder, papá. -El pi, pi del teléfono le confirmó que su padre ya no estaba ni disponible  ni dispuesto a ir a recogerle. No le quedaba otra que tomar el tren.

Durmió toda la noche y se despertó con una resaca importante, -creo que sí me pasé con las copas, que dolor de cabeza. Estoy como para jugar un partido.

Llamó a su amigo.

– Hola Pedro, que no me esperéis, que no voy a jugar.

-¿Qué pasa, la resaca?

-No, no es solo eso, aunque sí tengo una buena, es que tengo que volver a donde estuvimos ayer porque me tuve que dejar allí el coche.

-¿Te dejó tirado?

-No, no me funciono el mando y la llave tampoco.

-Ja,ja, pero si a mí me veías doble ¿tú estás seguro que era tu coche?

-No te jode, pues claro. Había bebido pero sabía lo que me hacía.

-Ya, ya. Eso te pasa por no haberte dejado el coche en tu casa. Anda, panoli, ya le cuento yo al resto. Feliz noche.

– Feliz noche.

Subió al tren precipitadamente, éste estaba a punto de partir y se metió en el primer vagón que alcanzó. Una vez dentro, recorrió varios coches hasta llegar a uno de los más delanteros. Se sentó al lado de una joven y cuando lo hizo notó algo en el asiento a la vez que la joven le decía “perdona… mi gorro”.

¡Ah!, disculpa, no me he dado cuenta, lo siento.

-No pasa nada.

Un gorro de terciopelo marrón, brillante, casi como un sombrero de copa y que había vuelto a su estado como si nada hubiese pasado, después de aplastarlo, se encontraba ya en las manos de la joven.

– Es normal, a estas horas se va un poco dormido y más después de una juerga, comento la dueña del gorro.

-No, no he estado de juerga, bueno, sí pero fue ayer por la tarde.

-¡Ah! Pues tienes cara de resacoso.

-Un poco. Pero es más bien cara de fastidio. Ayer no conseguí abrir mi coche y ahora tengo que ir a recogerlo.

-¿Abrir o ponerlo en marcha?

-Las dos cosas. Ni funcionó el mando ni conseguí introducir la llave en la cerradura.

-Eso sería que no tenías que cogerlo.

-¿Cómo? No te entiendo.

-Sí, si estuviste bebiendo esa era la mejor forma de salvarte la vida.

-¿Qué estás diciendo?

-Que ayer tuviste a alguien que te echo una manita. Seguro que hoy funciona el mando y la llave y a ninguna de las dos cosas les pasa nada.

Manuel pensó, -otra loca como mi madre con el “te va a pasar algo”. Creyó que ya no debía decir nada más a esa desconocida y ella tampoco pronunció palabra. Poco antes de llegar a la siguiente parada, la joven se levantó, le sonrió y le dijo: adiós, suerte y no te olvides “si bebes, no conduzscasss”  imitando a Steven Wonder en un antiguo spot publicitario, campaña de la DGT.

La joven se caló el gorro, que casi le tapaba la cara. Se abrochó su abrigo acolchado de color rojo, sonrió y bajó del tren.

 

Manuel, le siguió con la mirada, y cuando el tren se puso en marcha volvió la cabeza para observarla nuevamente pero cuál sería su sorpresa cuando comprobó que, en el andén, no había nadie. Ni por detrás, ni por delante. Se había esfumado. ¿Por dónde se había ido? -¡Bah!

Volvió a sus pensamientos y a su dolor de cabeza. Cuando llegó al coche, instintivamente, pulsó el mando, clic, clic, y el coche se abrió. Fue en ese momento cuando se acordó de la joven. Se detuvo y cerró nuevamente el coche. Entonces, tomó la llave, la metió en la cerradura y la puerta se abrió.

-Cosa de brujería, dijo.

Se sentó, puso el coche en marcha, e inmediatamente la radio comenzó a oírse. Pensó -este mando está loco, vaya jugarreta-. Fue en ese momento cuando  se fijó en la canción que sonaba.  No era una canción reciente pero le resultaba familiar. ¿De qué le sonaba? ¿Dónde la había escuchado? ¿En la tele?

“Don’t Drive Drunk”, repetía el estribillo una y otra vez.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena. Diciembre de 2010.

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La buscadora de Ángeles y Hadas

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena (2010)

En el silencio de la noche, le despertó el ruido de un aleteo. Encendió la luz y buscó qué insecto era el que estaba provocando ese ruido. Paseó su mirada sobre las paredes, el techo, la ropa de la cama, pero no encontró nada. Apagó otra vez la luz y se arropó la cabeza con la sábana.

Nuevamente, el mismo ruido. Esta vez, al encender la luz, observó que el ordenador no estaba apagado. -Jo, si lo apagué al acostarme –se dijo Cintia. Se levantó y cuando iba a pulsar el botón oyó una voz:

-Eh, que estoy aquí.

Cintia buscaba en la pantalla del monitor el rastro de esa voz. El monitor estaba iluminado pero no había ninguna imagen. Pensó que el sueño le estaba jugando una mala pasada. Sonrió y pulso el botón: “On- ensendio, OFF-apagao” Se decía siempre para recordar la diferencia.

 

(Cintia, buscadora de Ángeles y Hadas)

La voz se oyó con más insistencia y con desesperación: ¡Hola, eh, que me aplastas, que estoy aquíiiiiiiiiii! Retiro el dedo del botón y dio un salto para atrás. Pasado el sobresalto inicial, se volvió a acercar y entonces vio como una pequeña mariposa, balanceaba los brazos de un lado para otro haciendo señales, como si de un naufrago se tratara, para hacerse ver.

-¿Es que no me ves? ¡Qué soy yo!

-¿Helena?- Su abuela le había contado algún cuento sobre Helena, que se convirtió en una mariposa y ejercía de hada.

(Cintia y su abuela)

-¡Pues claro que soy Helena! No me recuerdas de cuando encontraste mi foto con Diego. Venga, date prisa que tenemos que irnos – Inquirió la mariposa a la niña que tenía la boca abierta y se había quedado paralizada como si le hubiera dado un aire.

 

(Imagen encontrada por Cintia, en Internet. Ella creyó que era Helena y Diego)

Entonces, la mariposa extendió su brazo y con el dedo índice, apuntando hacia la mano de la niña, ésta comenzó a disminuir de tamaño hasta ser casi igual de pequeña que la propia mariposa. Tomándola de la mano, dio un fuerte tirón y ambas continuaron reduciéndose, cada vez más, hasta pasar por una de las ranuras existentes entre la pantalla y el embellecedor del monitor.

Cintia no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Continuaba cogida de la mano de la mariposa y tras atravesar el monitor se inició una caída vertiginosa que la asustó muchísimo.  Esquivaron una serie de objetos que, debido a la velocidad que iban, apenas podía distinguir. A pesar de su sorpresa, pensó que serían los cables, chip o los elementos  que tendría el monitor por dentro y que ahora tenían una dimensión considerable. Pero lo que más le sorprendió fue que ¡estaba volando! Cuando terminaron de pasar por esos cachivaches, enseguida apareció ante sus ojos un cielo inmensamente azul y a sus pies, las nubes.

-¡Guauuuuuuuuuuu! -Pronunció la niña sin saber bien si reír o llorar.

 

(Helena y Diego, según un dibujo de “El guardián del ventanal”)

Helena, con su largo pelo negro flotando al viento, parecía aún más bella que en aquella imagen que un día encontró mientras buscaba hadas y ángeles y que, ella misma, relacionó con Helena y Diego y el cuento “el guardián del ventanal”. Cintia, con la mano libre, seguía intentando, inútilmente, bajarse el vestido que el viento había subido. Así se mantuvieron durante un rato, hasta que a sus pies comenzaron a despejarse las nubes y aparecieron ciudades,  casas,  calles, coches, personas, todo cada vez más nítido, más cercano.

Entonces, comenzó a percatarse  de que las personas que caminaban por la calle, llevaban pegados a sus espaldas una especie de mochila, un abultamiento. Y cuando ya estaban prácticamente encima, fue cuando se dio cuenta que ese abultamiento eran unas alas. ¡Le había llevado a un país de ángeles! ¡Las personas tenían alas! Los ángeles que ella siempre buscaba en Internet –pensó Cintia.

-No, de eso nada, no tienen alas.

-¿Qué? -Casi no le salió la voz- eran demasiadas sorpresas que no le dejaban  hablar.

-Que no son alas -Dijo la mariposa.

-¿Cómo sabes lo que estaba pensando?

-Soy un hada, puedo escuchar tus pensamientos y tus deseos, y estabas pensando que llevan alas, pero no es así. Fíjate bien, -entonces, Cintia, comprobó que no eran las personas las que tenían alas, sino los que iban pegados a ellos. Cada persona caminaba con un ser alado a sus espaldas.

-¡Guau! Son ángele! –Dijo abriendo cada vez más la boca y los ojos.

-¡Pues claro que son ángeles! Y yo soy un hada.

– Ya lo sé, me lo contó mi abuela –dijo la niña cada vez más animada a hablar.

-Sí, y también sé que sabes mucho sobre ángeles y hadas, pero no sé si lo que yo voy a contarte lo conoces ya. Por ejemplo, que los niños y chicos buenos que mueren se convierten en ángeles y las chicas, la mayoría, en hadas. ¡Ah!, pero no te olvides que otros se convierten en estrellas. En realidad, cuando nos vamos del mundo terrenal, nuestra energía se transforma. Tú conoces esa frase de que la energía ni se crea ni se destruye, sino que se transforma, pues, eso, nos transformamos, y sois los que os quedáis sumidos en el dolor y apresados por nuestra ausencia los que nos convertís en ángeles, hadas o estrellas.

Entonse… mi tito

– Pues claro, es un ángel, -contestó la mariposa.

-Lo sabía, estaba segura –respondió la niña con gran alegría -por eso una vez escribí para él:

“Palomita tu que vuelas, tan alto como la Luna

vuela y lleva este mensaje a alguien que quiero con locura.

Al Reino de los Cielos a llegado un angelito,

se llama Edu y es el angel mas bonito.

Dile palomita tu que puedes que cuente las estrella, que las multiplique por dos, y si le parecen munchas muncho mas lo quiero yo.

Dile tambien palomita que me haga un hueco en su corazon pues en el mio siempre estara y no lo olvidare jamas. Te quiero tito Edu”

(Texto original escrito por Cintia)

  

(El tito Edu)

Sin soltarle la mano, hada y niña seguían volando por encima de las cabezas de los transeúntes. El tiempo es imposible de calcular pero en un determinado momento, giraron en una esquina y, entonces, la mariposa le señaló a una mujer que conducía una motocicleta.

-¡Pero si es mi abuela! -dijo la pequeña. En ese momento comprobó que  el asiento trasero de la motocicleta estaba ocupado por un joven con alas.

-Sí, y ése es tu tito que va cuidando de que a su madre no le pase nada. También cuida a tu mamá, y a ti. -La niña no salía de su asombro y su boca se cerraba y se volvía abrir al máximo, una y otra vez.

-Cierra la boca porque en cualquier momento te vas a tragar algo- le dijo la mariposa.

-Quiero hablá con mi tito -dijo la niña.

-¡Qué dices! Tu tito está en la tierra, haciendo su trabajo, no le puedes entretener.

-Pero yo quiero vello -insistió la niña.

-Ya lo sé, por eso te he traído hasta aquí. Quiero demostrarte que no es necesario verle para sentirle. No puedes verle porque para eso tendrías que tener ojos en la espalda y tú no querrás ser una persona así de extraña, se reirían de ti en el cole. Además, los ángeles no tienen cara reconocible, son criaturas de gran pureza, espíritus invisibles, a veces, pueden ser sólo rayos de luz. Ya has visto que van tan pegados que apenas se puede ver su cara. Para los creyentes, son mensajeros e intermediarios entre Dios y los humanos, y sobre todo, están destinados a proteger a los humanos.

-¿Y tú?

-Yo soy un hada, como ya te he dicho antes. Yo me pedí hada. Jaja.

(Helena con su primer disfraz. De ratita presumida)

 

– ¿De qué te ríes? –dijo Cintia.

– Porque al decir “me pedí” acabo de recordar  un chiste muy malo que contaba mi papi. Te cuento, te cuento:

“Un niño le dice a otro, qué eliges, susto o muerte. El niño le contesta, me pido susto. Entonces el otro niño le hace ¡uuuuuuuuuuu!, y el niño que había elegido susto dice, ¡hay qué susto! Y el otro le responde: jaja, po haberte pedido muerte” -La mariposa seguía riendo a carcajada -es muy malo pero a mi me hacía mucha gracia.

-¿Sabes de dónde viene el nombre de hada y que hay muchos tipos de hadas?- continuó la mariposa cambiando de tema.

-Bueno, algo he leío en Interne, cuenta, cuenta, -había conseguido que la niña se olvidara de su deseo de ver a su tito y, ahora, estuviera centrada en saber más cosas sobre las hadas.

– No sé si ya has estudiado que las lenguas que ahora hablamos provienen del latín y el griego. Y la palabra “hada”, viene del latín “fatum” que significa: hado, destino. De ahí derivo en “hada”, aunque hay otras teoría y palabras que ahora no te voy a cansar con ellas. Pero sí te diré que hay muchos tipos de hadas: Las ninfas o hadas de las fuentes, Lamias o hadas de las cuevas, Dríades o hadas de los bosques, Sirenas o hadas de los mares, Sílfides o hadas de los vientos, Salamandras o hadas del fuego.

-¿Y las “madrinas”? –dijo Cintia.

-Así es como se llaman en los cuentos a las hadas que conceden deseos, usan la magia y su presencia es siempre para hacer el bien. Son las más conocidas y utilizada en los cuentos infantiles, aunque, hace muchos, muchos años, las hadas estaban también en los escritos destinados a los adultos. Pero también hay hadas que pueden castigar a los seres humanos, como las hadas de los bosques, si estos producen daño a los árboles, porque los árboles son la reserva de vida para el hombre en la tierra.

Además –continuó la mariposa- en cada lugar de nuestro país las hadas son llamadas de forma diversa. Así, por ejemplo,  en Cantabria se llaman “Anjanas”, en Galicia, “Sacias”, en Asturias, “Fades”, en Cataluña, “Goijas” y en Baleares, “Damas de Aiguo”.

-Jolín, cuántas. ¿Y todas tenéis alas?- preguntó la niña.

-Normalmente sí. La mayoría tienen forma humana, figura de mujer, hermosas, con grandes melenas negras y ojos grandes, pero otras adoptan formas de animales

-¿Y tú por qué te pediste hada?

-Yo creo que las hadas tenemos una vida más interesante que los ángeles. Nosotras entramos en contacto con los humanos, podemos transformar una situación desagradable o una injusticia, en algo beneficioso para nuestro protegido. Yo misma soy un “hada virtual”. Ando siempre por los ordenadores y así le echo una manita a mi “mamy”. Nosotras hacemos magia. Conseguimos felicidad y alegría pero también es cierto que ellos, los ángeles,  son los guardianes, y sólo de ellos depende vuestra seguridad.

-¿Y por qué dices que me has traío contigo? –dijo Cintia-

– Porque quería que vieras con tus propios ojos que a los ángeles no puedes buscarlos, no puedes encontrarlos, no puedes verlos, sólo puedes sentirlos. Sé que te pasas muchas horas ante el ordenador, buscando ángeles y hadas, y a partir de ahora tendrás que estudiar duro. Te haces mayor y ya no puedes perder tiempo buscando ángeles.

-Pero yo…

-Nada, nada, fuera excusas. Ya sé que echas de menos a tu tito y que eras muy pequeña cuando se marchó y por eso le buscas, pero cada día tienes que estudiar más, y aunque ahora eres muy buena estudiante y con magníficas notas, cada día será más difícil y tendrás que dedicar más tiempo a ello. Tienes que utilizar el ordenador para estudiar y olvidarte de esas búsquedas. Ya me has visto a mí, ya has visto a tu tito, y ahora, a estudiar.

 

(Buscadora y su mami)

Cintia asintió, entendía por qué había llegado hasta allí y recordó las restricciones que su madre ponía a la hora de utilizar el ordenador. Era como si estuviera oyéndola a través de la voz de Helena. De repente, quiso volver a su casa, con su mamá, pero sintió que tenía un problema.

-¡Coño, que tengo que vorvé!

– ¡Niña, esa lengua! –gritó la mariposa.

– Perdona, sólo lo digo cuando tengo un problema. Ahora soy diminuta como tú, ¿cómo voy a vorvé  así a mi  casa?-dijo angustiada.

-Eso no es problema para mí, ya sabes que soy un hada, puedo conseguir lo que me pidas -y diciendo esto, amorosamente, puso su ala sobre el hombro de Cintia y esta comenzó a hacerse grande en relación con el hada. Pero la angustia no desapareció porque, ahora, Cintia recordó que para pasar a través del monitor se había hecho diminuta, y casi había vuelto a su tamaño original, cómo haría para volver a pasar al otro lado. Cada vez que el ala de la mariposa golpeaba suavemente sobre su hombro ella crecía y crecía…

Sintia, Sintia, vamos, despierta, despierta. No me lo puedo cree. Has pasao toda la noche sobre el ordenador. Esto e  indignante. Hoy mismo saco el ordenador de tu habitasión. Se acabó.- Cintia se despertó con las manos de su madre agarrándola por los hombros. Miró a su alrededor, aún confusa, y le tranquilizó ver que estaba en su habitación, frente al ordenador.

-¿Eh? Mamá, puedo explicallo. Veras, yo estaba dormía…

-Tú te has levantao por la noche para andar en el ordenador –dijo su madre, cada vez de peor humor.

-No, no, mamá. El ordenador estaba ensendio… Helena me ha llevao a ver lo ángele, y entonses…

-¿Helena? ¿Helena la del cuento de la abuela? ¡Estás loca! Lo que pasa es que te  has quedao dormía  sobre el teclado y has tenío un sueño- concluyó la madre-. Y ahora, a arreglarte para ir al cole que se hase tarde.

Cintia pensó que no podía haber sido un sueño, lo recordaba tan real. Pero cómo explicar que había pasado por la ranura más pequeña del monitor. ¿Cómo iban a creer que había visto a su abuela acompañada de su tito Edu? ¿Quién iba a creer que todos llevaban pegados un ángel en la espalda?

Comenzó a peinarse y de repente el cepillo tropezó con algo -¡ay!-. Llevó la mano al cepillo y le pareció que algo se desprendía de él. Se giró sobre su espalda y, allí sobre el suelo, encontró una pequeña pluma.

-¡Oye, tú! –casi gritó-  no te aserque tanto que me enrea el pelo –dijo, mirando el espejo.

Desde ese día, Cintia no volvió a pasarse horas buscando ángeles y hadas. No necesitaba verlos. Sentía a su tito Edu sobre su espalda y si algún día quería un milagro o magia, no tenía nada más que llamar a Helena, eso sí, si cumplía lo que le había pedido su hada. Tal vez lo haría cuando necesitase un bonito vestido, o cuando fuese mayor, para conseguir una cita con un  chico guapo. Pero, por ahora,  los vestidos se los hacía su abuela, y los chicos…, los chicos eran aún unos bichos raros a los que sólo les gustaba el futbol.

-¿Sabes mamá que el tito Edu va siempre detrá de nosotro?

-No Sintia, por favo, no comienses otra vez con eso.

-Pero mamá si e verdá.

–Olvídalo, Sintia. Ea, o te quito el ordenador porque parese que te está sorbiendo el seso.

-Pero mamá…

Sabía que no iba a convencer a su madre aunque esta creía  y le gustaban los ángeles, pero estaba convencida de que aquella noche lo que  había tenido era un sueño. Y Cintia, en ese momento, llegó incluso a dudar: Será verdá que fue un sueño –se pregunto-, pero, entonces, recordó la pluma que tenía guardada en una pequeña caja en su habitación y que recogió del suelo del cuarto de baño.

E iguar, a mí Helena me enseñó lo ángele  –y diciéndose esto, tomó su macuto y se dispuso a marchar al cole.

Desde ese momento, Cintia estudió duro, utilizó el ordenador para estudiar y ampliar conocimientos y se olvidó de hadas y ángeles porque ya no necesitaba verlos, los llevaba con ella, y fue feliz de tener ese conocimiento.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

29.09.2010

 

Notas de la autora:

 

(*) El término “mamy” está escrito en la formula utilizada por Helena y su madre. Igual que Helena sabía, siempre, cuando la llamaban a ella y no a otra persona, porque escuchaba la “H”, que tanto le gustaba.

 

Fotos de Cintia, cedidas por su familia.

 

Dibujos de “El guardián del ventanal” (Portada e interior), realizados y dedicados para mí,  la madre de Helena, por los alumnos del colegio Cedes, de Albacete.

 

Fotos de ángeles, tomadas de la página de Facebook : http://www.facebook.com/pages/Angeles/103432463602

 

Datos sobre hadas y ángeles, sacados  de Wikipedia, http://www.linkmesh.com/ y de la tradición popular.

 

Este cuento es original de Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, hecho y dedicado para Cintia, una niña de Hornachuelo, Córdoba, en su onceavo cumpleaños, que perdió a su tío en un mal llamado accidente de coche, con todo mi cariño. Terminado el 22 de Septiembre, en Almería.

 

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A veces, me mandan algo más que fotos de calas. Esas calas que dedican a Helena:

Desprenden tanta belleza

que hasta la novia la mima,

tanta elegancia y pureza

que su planta la sublima.

 

Son las calas que se asoman

al divisar tu sonrisa,

que se giran cual persona

al sentir esa caricia.

 

Plasmadas quedan inertes

en ese cuadro enmarcadas,

sus pétalos florecientes

las deja toda ensalzadas.

Julia Zapata Rodrigo es la autora de este poema y la autora del libro «Alma Perdida» del cual mañana será la presentación:

Para quien esté interesado.

Julia, además, es mi familia, y tiene en su haber un poema pensado y dedicado para Helena:

El cielo se vistió de rosa

de azul y brisa de mar,

veinte calas tan hermosas

como su dulce mirar

esperaban su llegada

al reino de nunca jamás.

«Amanecer»

Gracias, Julia, por el poema, por tu cariño y comprensión y te deseo mucha suerte con ese libro, fruto de tu tesón, tu sensibilidad y tu lucha día a día.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

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Patologías

Patologías es el título de la última columna del escritor Juan José Millás en El País. Y la traigo hasta aquí,  porque, además de parecerme muy interesante, tiene un párrafo muy real, que me he permitido subrayar en negrita.

Ya en otra ocasión, este mismo autor escribió un artículo muy interesante sobre El carnet por puntos, y que me sirvió para poder escribir mi post, basado en su artículo “Yo me apunto”.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

 Patologías

JUAN JOSÉ MILLÁS 08/01/2010

La mayoría de los regalos que estos días han recibido los adultos y niños de nuestro mundo estaban fabricados en países remotos, de cuyos habitantes apenas sabemos que trabajan barato y desde los cinco o los seis años. Cabría preguntarse por qué las noticias, siendo también un producto de consumo, no se confeccionan en los mismos lugares que los pantalones vaqueros o las deportivas de marca. Lo lógico es que enviáramos a aquellos países lejanos la materia prima (facilísima de exportar), y que la elaboraran, en jornadas de 20 horas y sin seguros sociales, hasta alumbrar una noticia. Ya el hecho de que los Reyes Magos vengan a repartir felicidad desde lugares donde lo que abunda es la desgracia merecería una apertura a cinco columnas. A veces tiene uno el suceso delante de las narices y no es capaz de verlo.

Enviémosles los datos y que nos los devuelvan convertidos en información. Nuestros Estados, por ejemplo, auxilian con dinero público a la industria del automóvil, productora incansable de cadáveres subvencionados que no provocan ninguna clase de malestar social. En cambio, un atentado terrorista fallido a bordo de un avión nos pone histéricos, paraliza los aeropuertos durante dos o tres semanas y hace ricos a los fabricantes de escáneres. ¿Cómo coserían estos datos objetivos en donde con tanta maestría ya nos cosen los Levi’s? ¿Cómo sería la noticia resultante? El cambio de punto de vista, además de introducir un factor de entretenimiento, nos ayudaría a comprender mejor el mundo en el que vivimos y los entresijos del negocio de la información. Y todo por dos céntimos, pues un periódico o un telediario confeccionados en donde nos fabrican el resto de los bienes de consumo saldrían tirados. No entendemos el porqué de esta resistencia, a menos que los becarios de Periodismo nos produzcan una debilidad patológica.

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Albert Camus

Hoy se cumplen cincuenta años del accidente de tráfico que acabó con la vida del premio Nobel de Literatura de 1957 Albert Camus.

A los 47 años y a bordo de un “Facel-Vega” el 4 de enero de 1960, entre París y Lyon encontró la muerte. El coche propiedad de su amigo y editor Michel Gallinard, era conducido por éste. Camus iba de copiloto.

Un Facel-Vega de 1954

Él, un existencialista del absurdo, que había dicho “«No conozco nada más idiota que morir en un accidente de coche», vio cumplido ese absurdo en sus propias carnes.

Cincuenta años después de su muerte, el autor de “El extranjero”, “La peste” o “El mito de Sísifo” puede que sea llevado al Panteón, el templo laico de Francia, junto a los resto de otras personalidades como Voltaire, Marie Curie o Victor Hugo, según los deseos de Sarkozy.

Camus, el existencialista, el que escribía sobre la insignificancia de la vida, también decía: « Si los hombres están solos en un mundo hostil, deben unir sus desgracias comunes, cada individuo debe servir al prójimo hasta el sacrificio de sí mismo».

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

P.D. Laura, la amiga de Helena, después de publicar este post me ha hecho conocer el artículo de hoy mismo en diariodesevilla.es, también sobre Camus. Según leído en este artículo de Pablo Bujalace, Albert Camus no llevaba puesto el cinturón y salió por el parabrisas.

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El lunes, el día de la nieve en Madrid, me pasaron muchas cosas especiales, quizás por el influjo de la Navidad.

La nieve me traía recuerdos de mi hija. Alguien, en la nieve intacta del alrededor de la piscina, se tumbó y originó dos ángeles que desde la altura de nuestro piso se apreciaban perfectos, como jamás había visto. Después las interferencias de la radio me trajeron “Esperaré” y por último recibí un mail desde el instituto de Paolo Coehlo con la deferencia del envío de un cuento de Navidad titulado “Una historia de Navidad”, publicado en las columnas que este prestigioso escritor tiene en algunos periódicos del mundo.

 Esta historia de Navidad, maravillosa como todo lo que escribe, hablaba de una leyenda sobre unos  ángeles que vienen a la tierra por Navidad, para preparar a la misma para el nacimiento de Jesús.

 Como en estos días ando muy enfadada por la parte que me ha adjudicado la vida o el que maneje los hilos, no pude evitar contestarle:

 Estimado Escritor:

Gracias, por el cuento de Navidad.

Desde hace 5 años, no celebro la Navidad, pero escribo un cuento.

Es un cuento muy especial, aunque no es ninguna obra literaria. Se trata de cuento para concienciar sobre las muertes en la carretera. Con ellos quiero pensar que, cada Navidad, conseguiré salvar una vida.

¡Qué presuntuosa, verdad!

El del año pasado se titulaba «Te estás durmiendo». Y el ángel que aparece en él es un ángel muy terrenal, aunque ya no está en este mundo: mi hija.

El de este año se titula «La curva de Juan», pero aún no lo he puesto en el blog. En él habrá otro ángel, un joven que murió en un punto negro de una carretera.

Lo siento pero mis personajes no tienen relación con ningún Dios, porque él se olvidó de mí o se acordó pero solo para hacerme mucho daño.

Le deseo lo mejor para el nuevo año.

Muchas gracias por la deferencia de enviarme su cuento.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, que murió por la acción de un conductor borracho.

 

Pues igual que la tradición que sigue Paulo Coehlo pero, por supuesto, sin la calidad literaria de éste, aquí está mi cuento de Navidad. El de este año está basado en un hecho real. Tan real como que anoche mismo podía hablar con la madre de Juan.

Parte del belén que montaba Helena

La curva de Juan. Un cuento de Navidad

 

Eran las segundas navidades sin él, por eso habían decidido salir huyendo. Cuando la felicidad de los otros te desborda, te hiere y duele, porque tú no puedes estar a la altura de la alegría de los otros, lo mejor es salir por la puerta de atrás, sin hacer ruido.

Ese amor que había encontrado en su edad madura sabía y conocía de su dolor y tristeza y estaba dispuesto a hacer todo lo necesario para que aquellas fiestas no supusieran una mayor pena para ella. Lo mejor sería realizar un viaje a otros lugares, donde nadie les conociera, donde nada les trajera recuerdos, donde  su tragedia fuera desconocida. Y llegaron hasta Venecia. No podía haber nada más romántico. Después serían otras ciudades más de Europa: Viena, Bruselas, París. Romántico París, quién podía pedir más, pero ella tenía su cabeza perdida en otro amor.

Luis, el artífice de este viaje, intentaba  con gran empeño que éste fuera inolvidable, pero también era consciente de que una madre sumergida en el mayor dolor es difícil sacarla de él para  traerla hasta la felicidad. Él también era padre, podía ponerse en su lugar, pero sólo desde el acompañamiento. Compadeciéndose de ella, porque como Jorge Bucay define: compadecer es comprender el dolor del otro.

Ella, desde hacía un año, tenía en su cabeza un único pensamiento y una frase: “Lo sentimos, señora, ha sido una fatalidad. El chico llevaba el cinturón puesto, tampoco iba a gran velocidad, fueron las circunstancias.  Las condiciones meteorológicas tan adversas.

¿Qué condiciones? ¿La lluvia? Uno no se mata porque llueva. Su hijo era prudente, ella sabía que seguro que habría aminorado la velocidad si las condiciones lo exigían. Tuvo que pasar algo importante para que perdiera el control del coche de esa forma y alguien tuvo que verlo, pero ¿cómo saberlo?

Pasaron las Navidades viajando y visitando lugares maravillosos. Eso sí, evitando las celebraciones. Tenían ese pacto.

Los días pasaron veloces y llegó el regreso. Se turnaron a la hora de conducir para volver a España. Y ahora ya estaban muy cerca de Madrid, en la Carretera de Burgos y faltando pocos kilómetros. Era María quien conducía en esta ocasión. Luis dormía en el asiento del copiloto. De repente el coche perdió velocidad. Fue demasiado evidente y en muy pocos segundos, hasta el punto de despertar a Luis. Enseguida fue consciente de dónde estaban y comprendió esa disminución de velocidad.

–    Menos mal, cariño, que te has dado cuenta.

–    ¿De qué?

–    De reducir velocidad en esta curva. Es muy peligrosa. Su trazado es equivocado y el peralte está al revés.

–    Yo no he hecho nada.

–    ¿Cómo?

–    Que no he reducido la  velocidad, ha sido el coche solo. Estaba a punto de despertarte para decirte que al coche le pasaba algo.

–    No, no, al coche no le pasa nada, simplemente has levantado el pie de acelerador, afortunadamente.

–    Te juro que no he levantado el pie. Unos cien metros antes de entrar en la curva el coche ha empezado a disminuir la velocidad. Él solo. No había llegado a la curva y, supongo, que tampoco habría reconocido que la curva fuera peligrosa.

–    Vale, cariño, el caso es que hemos salido de una curva muy peligrosa. Si el suelo hubiera estado mojado o no hubieras reducido de velocidad, nos la habríamos pegado.

–    Te digo que yo no he reducido la velocidad.

–    Bueno, bueno, no te pongas así.

María, en ese momento, sin quitar la mirada de la carretera, hace un movimiento de asentimiento con la cabeza y  dice -Vale, Juan, lo he entendido perfectamente.

–    ¿Qué? Me has llamado Juan.

–    No, no hablaba contigo.

–    Has dicho: vale, Juan.

–    Hablaba con mi hijo.

Luis no preguntó más, entendió que ese era uno de los momentos de María y Juan.

Para ella había sido una señal. ¿Qué le había querido indicar su hijo? ¿Una curva mal trazada? ¿Era eso? Nadie le habló de esa posibilidad. Y a las preguntas que ella se hacía siempre alguien contestaba – ¿qué más te da? Ya no se puede hacer nada.

Al día siguiente, María, comenzó a investigar sobre el lugar donde su hijo había perdido la vida. No podía conformarse con una escueta explicación: “la fatalidad”. Y encontró que había muchas cosas por investigar. Conoció cómo otras personas habían perdido la vida en la misma carretera que su hijo y, sobre todo, supo que él se la dejó justo en uno de los puntos negros de esa maldita carretera, que oficialmente tenía, además de ese,  7 puntos  más.

Lo que durante un año había sido un conformismo deprimente, se había convertido en una rabia que generaba una fuerza inesperada. Su hijo no solo le había salvado la vida, le había dado la pista para investigar y no cejaría en ello hasta que descubriera qué le pasaba a la curva donde se mató Juan.

 Si la culpa fue del trazado de esa curva, haría todo lo necesario para que la misma fuera modificada y no murieran más personas. Ese era su nuevo espíritu. Un espíritu que le había llegado con la Navidad.

Y así comenzó su lucha: Contrató a un abogado y un perito para estudiar el lugar donde murió su hijo. Inició un pleito que sabía duraría muchos años, pero no le importaba. Tenía todo el tiempo del mundo. Hasta que se volvieran a encontrar  el tiempo le podría parecer eterno si no hacía nada y, cuando  por fin sucediera, no quería llegar hasta su hijo con las manos vacías.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

Dedicado a la madre de Juan y a todos los que pierden la vida en los malditos puntos negros de nuestras carreteras.

 

 Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

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