Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Antiguos escritos’

Ya ha comenzado el regreso y, aunque estemos en domingo de resurrección, para algunos comenzará ahora la verdadera pasión.  La primera semana santa que tenía blog y escribía fue la de 207, y esto era lo que decía en ese escrito titulado “El Regreso”:

Parece ser que las buenas previsiones de que los muertos fueran menos de 100, no se han cumplido.

Lo que sí hay son más de 100 familias, 100 nuevas familias inmersas en el dolor, por no hablar de las que están sufriendo con heridas físicas más o menos graves.

No, no ha servido sólo el carnet por puntos, ni el aumento de radares, ni las campañas de la DGT. Porque todo eso no es suficiente, porque el origen es más profundo y hay que unir más esfuerzos.

Es cierto que, a veces, incluso los elementos se alían, pero, además de la lluvia, las carreteras secundarias y los numerosos desplazamientos, por encima de esto está “La Educación”. Es decir, la mala educación, la falta de educación.

Hoy, en el regreso, en un tramo de 130 Km, de Almería a Murcia, hemos tardado 2 horas.

En este tramo, hemos pasado por unos cuatro accidentes, todos por alcance, sin daños humanos, si se puede decir que no es un daño humano verte tirado un día de regreso, con el capó de tu coche como un acordeón y en una carretera.

En cada uno de estos accidentes había, al menos, 3 coches implicados, cuando no eran cuatro, y se producía el consecuente atasco y parón forzoso.

Pero no puede ser de otra forma.

Los impacientes al volante, que quieren arrancarle 5 minutos a su llegada a no sé dónde, que se pegan al coche de delante como si quisieran bailar una lambada con el pobre conductor que le precede y que termina completamente agobiado hasta que consigue cambiar de carril para dejarle pasar, ese conductor digo, que va cambiando continuamente de carril y que parece decir, “quita patoso, que mi coche corre más” y que no se da cuenta que él que le precede no va más rápido, no porque su coche no pueda, sino porque no se debe ir a más velocidad y además no se puede, ese conductor, es la mayoría de las veces, es el causante de estos golpes en cadena, que constantemente hace frenar a los conductores que sí van guardando la distancia de seguridad.

Y eso no se puede solucionar con radares.

Sí se puede solucionar con una mayor vigilancia y con una retirada de puntos, que puede llevar a perder un carnet, pero ¡¡ya!!, no dentro de un año o de dos, cuando ese conductor no recuerde ni cómo fue.

Por no decir, hacerle ir a una clase durante varios días o meses,  para aprender  a tener un poquito de educación. Y como a los niños hacerle escribir 500 veces:

“He de aprender a guardar mi turno en la carretera, en la pescadería, en la fila del cine, en la del autobus, etc.” Seguro que tampoco tiene educación para esto otros sitios y momentos.

¡Dios mío, cuánta falta de responsabilidad y de educación!

una pegatina por la seguridad vial

Esta pegatina va contra ti, ¡Listo impaciente, que vas lamiendo siempre el culo de los coches!

Salvo por el número de victímas, que afortunadamente será mucho menor, pareciera que sigo hablando casi de hoy. 

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena

 

Read Full Post »

Hoy, Jueves Santo, cuando las noticias dicen que, en nuestras carreteras,  hay 5 muertos más que el año pasado, se me ha venido a la mente un escrito mío, de los que yo traigo hasta quí denominándolo “antiguos escritos”, sobre el rastro del dolor en el rostro.

Para los que viven estos días con fervor religioso, saben de lo que hablo mirando el rostro de La Dolorosa. Y para los que conocen a Diana Navarro, también se habrán identificados con su canción “Caracoles”, una canción muy apropiada para estas fechas.

Por eso, os dejo con “El rastro en el rostro” y con Diana y su canción “Caracoles”. Cuidado en la carretera:

El dolor en el primer lugar en que se posa y vierte su líquido corrosivo es en el rostro. Allí, comienza a hacer sus primeros estragos, a dejar sus primeras señales, y al igual que araña el corazón y el alma haciéndoles sangrar, en el rostro va arañando, borrando, transformando, cualquier signo que hubiera de belleza, serenidad o el otro toque de belleza que es la alegría.

De repente, como si un aire de vejez hubiese llegado y hubiera intentado convertirte en estatua de sal, se pierde la expresión de toda la vida, el cabello se tiñe de blanco, los ojos pierden la viveza que tuvieran, y, cuando te miras al espejo, después de algún tiempo, pues al principio ni te ves, no reconoces la figura que te devuelve el mismo.

Igual que abandonas los placeres deseados hasta ahora, o son ellos los que te abandonan, vas abandonando tu aspecto físico, más allá del aseo personal.

Pero no quiero decir que esto se cumpla en todos los casos. Siempre digo que cada uno siente el dolor de una forma distinta y cada uno lo muestra o lo oculta de manera diferente. Hay a quien no le importa nada ni nadie, sólo su dolor, y no le preocupa lo que los demás querrían volver a ver. Pero también hay quien no quiere que le tengan pena, que su figura produzca rechazo, que se sepa lo que pasó, y, sacando fuerzas de donde no hay, se ponen su mascara.

Los primeros días de la pérdida de mi hija, trataba de buscarla en las cosas que me quedaban de ella: su perfume, su ropa, sus zapatos, su cama, sus fotos… Así llegué hasta el color negro. El negro de la ropa de las jóvenes. Las camisetas por las que nos peleábamos cada mañana.

Después, cuando todos intentaban consolarme y una forma era animándome a apartarme del color negro, llegué al color blanco. Era una forma de no hacerles sufrir también a ellos. Y esos dos colores se implantaron en mí, no como señal de luto, sí como señal de duelo. Aún lucho por utilizar otros colores, pero es difícil su elección.

Más tarde llegaron los kilos. Desde la pérdida he engordado 20 kilos. Ahora, los dolores, distintos de los del alma.

Hace poco, cuando se cumplía el aniversario del 11-M, algunas personas con las que ya había comentado este rastro de dolor en el rostro, coincidían en recordar nuestras conversaciones, cuando observaban a alguna madre de las víctimas. ¡Cómo no!

No creo que haya un momento ideal para perder a un hijo, pero cuando se pierde en un momento en el que estás abandonando el camino de vértigo para pasar a un camino más tranquilo en el que lo que vas a observar ya no es tu imagen, sino la imagen de los tuyos y de los que están por llegar, un golpe así te hace salirte del camino, caer rodando por la cuneta y, a duras penas, lograrás volver a incorporarte, volver al camino, caminar sin cojear o sin tener que apoyarte en un bastón.

Y así, el dolor, va dejando su rastro. A veces, en el rostro. La mayoría de ellas, en el cuerpo.

Y de nada sirve disimularlo, ocultarlo, tratar de que no se note, para no producir pena. ¡Qué más da! Es lógico que nos tengan pena. Lo que nos ha ocurrido no es para menos. Y, a veces, el dolor compartido o compartir el dolor, no se puede llevar a cabo con alguien que no se pone en nuestro lugar, con alguien que no se acerca a nuestra posición.

…y mientras silenciosa
lloraba yo y gemía,
mi niño, tierna rosa,
durmiendo se moría.

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca la mía!…

(Era apacible el día. Rosalía de Castro)

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena

Publicado miércoles, 01 de abril de 2009 7:23 por FZ_madredHelena

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

Read Full Post »